Dios escribe recto en líneas torcidas

Mi nombre es Iliana Pérez Lara. Llegué a Madrid en diciembre de 2025, desde Santa Cruz del Sur, en Camagüey, Cuba.

Antes había venido mi hermana, Diana María Pérez Lara, en 2024, y luego mi sobrina, Roxana María González Pérez, en 2025.

Siempre tuvimos claro que seguir en Cuba no era una opción con futuro, pero cuando hicimos los trámites para obtener la nacionalidad española, pensamos emigrar a Estados Unidos, país donde residen casi todos nuestros familiares.

Dios tenía otros planes, así que la primera en dar el paso fue mi hermana.

Conocíamos al padre Bladimir, que había sido párroco en Santa Cruz del Sur, y sabíamos de Cobijo, pero al decidir a dónde llegar, mi hermana escogió Galicia, pues nuestros ancestros son de Orense.

Todo estaba previsto para que ella aterrizara e inmediatamente tomara un bus a La Coruña. Y ese bus lo perdió.

Me llamó a Cuba y me contó que tenía que pasar la noche en el aeropuerto hasta el día siguiente. Entonces llamé a una amiga para ver si ella podía encaminarla, con la idea de que le indicara cómo llegar hasta alguna estación de trenes y adelantar el viaje. Esa amiga, común con el padre Bladimir, lo llamó.

Él la mandó a buscar, la hospedó en su casa, conversó con ella y le dijo que si en Galicia se le dificultaba el empadronamiento, que regresara, que en Cobijo sería acogida. Al día siguiente pidió un Uber y la mandó al aeropuerto para que iniciara el viaje a Galicia.

Estuvo una semana tratando de estabilizarse allá y, como los trámites no avanzaban, regresó a Madrid.

Fue un cambio inmediato para ella, que se sintió en familia enseguida, y una tranquilidad para su hija y para mí, pues ya no estaba sola en España sino entre cubanos y personas de bien que colaboran voluntariamente con Cobijo.

Así pasaron unos meses y llegó el turno de que viniera mi sobrina, Roxana María González Pérez. Joven al fin, estaba encantada de llegar a Madrid, pues Galicia no la acababa de convencer. También porque tiene otros familiares paternos que ya viven aquí.

Mientras, en Cuba la situación empeoraba día con día y yo estaba sola, así que llegó mi turno de decidir. Vine con la idea de pasar la Navidad, fin de año y regresar. Como ya tenía la nacionalidad española, decidí hacer la documentación para facilitar mi estancia aquí. De pronto comenzó a deteriorarse la vida, aún más, en mi pueblo: largas jornadas de apagones, escasez terrible de agua y comida. Así que, para tranquilidad de los míos, decidí quedarme más tiempo.

Ya dentro de Cobijo, he podido apreciar en su justa medida el trabajo inmenso que hace el equipo y la suerte que tenemos los cubanos de tener un pastor así.

Gracias a todos y cada uno de los que dedican su tiempo a facilitar la vida de los que hemos tenido que abandonar nuestra patria y vivir como extranjeros aquí.

La recompensa es segura, el mismo Jesús lo dice en el Evangelio de Mateo 25:40: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis.»

Dios les siga bendiciendo.

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